El hogar del olvido

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Olor a naftalina, a orines… Olor a huesos de pollo a medio roer, a encías sin dientes y sin dentífrico, a canas deslavadas, a arrugas empolvadas: así huele el abandono. Se percibe el olor de un baño público sin puerta, de lagañas a las tres de la tarde, de un abuelo que apenas vive de memorias -sus únicas compañeras en aquellos muros de soledad-.

Este olor cercano a la muerte penetra no únicamente la nariz, sino todos los sentidos desde que se pone un pie en el asilo Nuestra Señora de los Ángeles, uno de los 76 que reporta el Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM) en la Ciudad de México; además de las 30 estancias para ancianos, 8 casas de día (lugares donde los adultos mayores que no tienen otra supervisión pueden estar de 8:00 a 18:00 horas), 60 casas hogar y 13 albergues.

Aquí siempre es domingo. La ansiedad de saber qué día se vive se ha diluido. ¿Cuál es la importancia de la fecha si todos los días parecen uno mismo? Cada uno consiste en levantarse, a veces cambiarse el trapo -que hoy reemplaza a la ropa que trajeron consigo los internados-, pero si no, la pijama vuelve a tener utilidad para esa noche; ir al comedor -que es también la sala-, esperar al desayuno, “a ver qué toca hoy”, “a ver si hay algo sustancioso”, “a ver si esta vez no me quedo con hambre”; “si puedo comer lo que haya”, “si logra uno mantenerse quieto hasta que llegue la hora de sentarse a comer en un soliloquio, y más tarde, cenar esperando una visita que nunca llegará”.

Casi todos los ancianos se encuentran solos, fueron dejados en el asilo por aquellos con los que en algún momento tuvieron una relación cercana.

“Una de las principales causas para que suceda el abandono es que la persona adulta mayor ya no posea una vida laboral útil y comience a generar gastos en la familia”, comenta Pilar Maguey en una entrada de Salud180: Estilo de vida saludable. Tan fría como suene la declaración, la autora la escribe no para defender este tipo de violencia, sino para denunciar el daño social que implica.

“Este comportamiento denota una pérdida de identidad y fomenta la extinción de la transmisión cultural de generación en generación, benéfica para el núcleo familiar y su identidad”, explica la autora. Abandonar a una persona mayor porque terminó su vida “útil” implica reificarla, reducir su dignidad a ser útil al otro y olvidar que alguna vez, este mismo individuo protegió a la familia sin esperar nada a cambio.

Las consecuencias de esta objetivación se observan en el asilo, en un hombre sentado siempre en el mismo lugar, quizá platicando con otro anciano, peleándose, escuchando a lo lejos el canto de Juanita -una de las pocas que no ha perdido la emoción de vivir- , sentada con su bastón a un lado, y observar la mirada perdida de Conchita, con su cabello blanquísimo y corto; o a Elena, quien capta la atención de quien escribe esto con su llanto desesperado. Las consecuencias de ignorar la necesidad de afecto y estima de un anciano se vislumbran en el rezo de Pablo, o en el de la señora gorda que visita una vez a la semana para recitar el rosario, con el ruido vacío de la televisión en el fondo.

Los ancianos en el asilo pasan los días en medio de la monotonía, pues el recinto carece de actividades programadas.

Intervención insuficiente

Angélica María Razo González, en su trabajo La política pública de vejez en México: de la asistencia pública al enfoque de derechos, detalla que hasta antes de la década de los 70 el país carecía de una política pública de vejez y que gracias a las proyecciones demográficas y la presión de algunos grupos, el gobierno prestó atención al tema culminando con la creación del Instituto Nacional de la Senectud (INSEN); mismo que ha pasado por varios cambios -de nombre, objetivos y estructura-, pero que ha continuado atendiendo a los adultos mayores.

El cuidado de las personas de la tercera edad se encuentra regulado en la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores, creada en 2002, y que marcó tanto la política pública nacional, como las obligaciones de los estados e instituciones federales, y llevó a la sustitución del INSEN por el INAPAM.

“Sin embargo el INAPAM no ha podido ejecutar sus atribuciones de órgano rector debido a que, por un lado, no ha entendido bien su papel y no cuenta con los recursos necesarios para llevarlo a cabo. Por otro, no ha querido renunciar a la operatividad de sus acciones; cada director general ha considerado que el capital político que el Instituto ejerce sobre la población que atiende es muy importante como para renunciar a él si trasladara los programas a instituciones que se encargaran de la ejecución de los programas”, agrega Razo González.

El problema, según la experta, no es la falta de una política que se preocupe por los adultos mayores, sino de su mala ejecución y administración; además de que muchos de los programas que se aplican son los mismos de la década de 1980.

Los olvidados

Las secuelas de esta mala administración y planeación es que se desamparan a personas como las que viven en algunos asilos como el de Nuestra Señora de los Ángeles.

Este es el caso de Pedro -de muy largas pestañas y nariz ancha-, quien con su mano temblorosa saca de la bolsa un rollo de papel de baño viejo y sucio, simplemente para volver a guardarlo unos minutos después -con sus manos aún temblorosas, nerviosas- porque en un asilo de carencias, ese rollo es un gran tesoro.

Se ignora a la delgadísima Amalia  -de cabello largo espumoso,  gafas amarillentas y ojos negros pequeñito-, quien deja más de la mitad de su comida y acaricia a su gato sin nombre (o simplemente Gato), sentada en la esquina de siempre.

Pero el gobierno no es el único responsable de la condición de la vejez mexicana. Algunas veces, los familiares abandonan al adulto mayor para apoderarse de sus bienes cuando este no puede defenderse, es dependiente o tiene fallos en su salud o su memoria. Pueden llegar a mandar al abuelo a un asilo para no tener que ignorarlo o dejar de tener esas peleas en casa, en las que se le agrede físicamente o se le insulta.  Ese fue el caso de Don José Benítez.

Soyla es la anciana de la risa con lágrimas en los ojos. Quejumbrosa hasta la médula, ella ha aprendido a defender lo que es suyo: exige y habla sin tapujos, aunque rara vez sea escuchada. Tiene el cabello grisáceo con gruesas canas blancas y los ojos lagañosos. Sus manos con uñas pintadas de rojo intenso tienen la punta de los dedos achatadas, un poco chuecas, por un accidente que tuvo cuando era joven.

“¡Ay, Soyla, la señora que siempre se ríe!”, dice Andrea, una niña de preparatoria que visita el asilo para cumplir con su servicio social de la escuela. Soyla se queja: “Aquí tengo que esconder mis cosas porque me las roban. Dejo mi Coca Cola y se la toman las cuidadoras o las otras viejas, ¡cabronas ellas!”, primero con algo de furia en los ojos, después, deja explotar la risa, paradójicamente jovial en su cara llena de arrugas y lunares de mucha edad.

Tal vez Soyla tiene esa fuerza porque recibe la visita de una sobrina al menos una vez al mes. No se casó, hoy le quedan los relatos sobre sus amores de juventud antes del accidente que sufrió. Tampoco tuvo hijos. Dice que su hermano vive en un rancho, donde a veces la invita y que cada vez que ve a su familia ellos le hacen enchiladas como a ella más le gustan.

Sin embargo, más que la Coca Cola y las enchiladas verdes con perejil fresco, lo que más le agrada a Soyla es bailar: “Yo estoy esperando a que venga el doctor. Me dijo que la próxima vez que venga va a bailar conmigo. Después de ese baile ya estoy lista para morir”, dice la anciana con sus ojos esperanzados y una risa discreta, una sonrisa sincera. Han pasado meses y el doctor no ha ido a bailar con Soyla ni a escuchar su risa luminosa.

Con frecuencia, los adultos mayores se quejan de que reciben muy poco alimento.

Una vida que no avanza

¿Qué hacen los ancianos encerrados en esos muros grises? ¿Qué esperan los viejos en los asilos? En Nuestra señora de los ángeles una melancolía se respira en el aire. Sentados todos en el comedor -una mesa de mujeres, otra de hombres y algunos dispersos en sillones alrededor-, esperan a que les sirvan su desayuno, un plato de arroz rojo con pedazos de zanahoria.

En la mesa de mujeres, Elena, chimuela y cantarina, rompe en un llanto de angustia desesperada. A su alrededor, los platos siguen sirviéndose, el sonido de cada cucharazo contra el plato al tomar el arroz se enreda con la tristeza volátil de Elena.

“Elena, ya tranquila”, dice la señora Martha, de aspecto jovial, expresión dura y ojos cálidos, tajante y luego se va con su plato de arroz a una silla apartada en la esquina. Todos siguen masticando.

Alguna ocasión el desayuno fue vasto: pollo con nopales y un pedazo de bolillo. Cristal, hija de una de las cuidadoras del asilo, repartió a los ancianos huevos de codorniz cocidos. Alcanzó para dos rondas cada quien, algunos hasta pidieron tres.

Julieta, señora recatada y elegante en el asilo, siempre con su voluminosa cabellera blanca peinada y una mascada colorida, tomó uno de los huevos, redondos y lisos, sin reparar mucho en este. Momentos después comenzó a toser, “¡Agua! ¡Agua!”, gritó. Una joven, visitante le pasó un vaso y Julieta bebió rápidamente. “¿Qué le pasó, Julieta?” -preguntó una voluntaria-. “Ay, me dieron una pastilla enorme y no me la pude pasar”.

José tampoco se imagina sus días en el asilo sin las muchachas que vienen a acompañarlos. El señor de 87 años, que alguna vez trabajó en Estados Unidos y que fue “uña y carne” con su propio padre, hoy es abandonado por sus hijos.

“Cuando estoy enojado, hasta maldigo a mis hijos. No tienen la culpa de ser así. Pero ni modo, me tocó la de perder”. Benítez nos cuenta su historia: ninguno de sus hijos lo viene a visitar y uno de ellos se quedó con su casa: “Es el hijo al que más le tenía estimación y es el que me vino a dejar acá. Imagínate. Eso no se vale. Si no querían tenerme me hubieran echado a la calle. Como los tiburones, se fueron tras la presa”.

“Quisiera llorar, quisiera morir de sentimiento…”, dice la canción mixteca cantada apasionadamente por Juanita, experta en refranes y tejedora. La señora más grande del asilo, de 89 años, tiene la energía más viva que cualquier otro. Viene de  “un pueblo que es un mineral”, como ella misma dice. Una población dedicada a las minas, donde sus novios se dedicaban a recolectar diversos minerales.

Recuerda una vez que estaba en el bar del pueblo con uno de ellos y la golpiza que le dio su madre por tomar del mismo vaso que aquél. Otra vez que su madre le pegó, salió a caminar mientras cantaba, pues, desde su juventud, vio un refugio en las canciones, “una manera de sacar sentimientos”.

Juanita, al igual que Soyla, nunca se casó ni tuvo hijos, vivió en la casa heredada de sus padres hasta el día en que ya no pudo vivir sola. Se cayó, no pudo levantarse y cuando despertó, estaba en el asilo. Juanita cuenta que no es infeliz en este recinto y que sus hermanos la visitan de vez en cuando. Sin embargo, no entiende por qué su hermano no la llevó con él a su casa en lugar de dejarla “en este lugar donde no hay vida ni alegría”.

Juanita está feliz cuando van visitas al asilo, recuerda su juventud y no pierde la oportunidad para dar consejos: “Todo hay que hacerlo en la juventud cuando todavía se tienen ilusiones; ya en la vejez es puro engaño, a mí ya nadie me engaña.

La pijama es la vestimenta por excelencia en el asilo.

Cada anciano, un mundo diferente

Los hay decaídos, otros más alegres. Algunos ya vencidos, otros que sorprendentemente aún guardan energías. “¿Y mis compañeros? Pus aquí indiferentes. Yo no soy cobarde porque Dios me mandó al mundo junto con mi mal”, comenta José Benítez sobre los otros. Cada situación es diferente, las razones varían de persona en persona.

El señor Carlos no habla con ninguno de los demás viejos, no tiene tanto tiempo en el asilo. Es el único que viste de camisa y de los pocos que van bien peinados y siempre parece estar limpio. Rondará los 68 años. Su caso en el asilo es poco común. Carlos tiene estudios de maestría y trabajó toda su vida, tiene un hijo que es médico.

Sin embargo, cuando se le pregunta por qué está ahí, evade la pregunta y prefiere hablar de otros temas: “Estoy aquí porque hubo una situación complicada, pero esto es temporal.

Desde el primer día en que llegó, tiene la cara más triste y con el tiempo se le han marcado más las arrugas por el ceño fruncido. Su mirada perdida es impenetrable.

Por otro lado está Martha, con su cabello cortísimo y sus chinos. A pesar de su carácter tajante, es querida por todos, y requerida por los más necesitados. La historia de Martha es desconocida, quizá se ha empeñado tanto en ser un faro de fortaleza en el asilo que ha hecho a un lado su pasado para poder concentrar toda su energía en el presente, por más crudo que sea.

Quizá ha podido sobrevivir al hacer de la ayuda a los demás su labor. Martha es una interna del asilo, aunque parece más una de las cuidadoras, incluso mejor que cualquiera de las mujeres contratadas, pues ella está presente todo el tiempo y su preocupación por los demás ancianos es auténtica.

Como su historia, su edad es desconocida, pero aparenta una juventud de espíritu incomparable y mantiene una fuerza brutal para empujar sillas de ruedas, repartir el desayuno y hasta cargar a los que ya no pueden caminar y quieren moverse de la silla al sillón. Sabe los horarios de cada uno de sus compañeros y lo que le pertenece a cada uno. Aunque no platica mucho y parece mantenerse distante, está pendiente en cada momento y no ignora ninguno de los “¡Martha, Martha!” que se escuchan constantemente a lo largo del día.

“Yo después de tener, yo después de ser…”, son palabras que se repiten día a día en el asilo. Y es que después de vivir como uno, de construir familias o edificar su vida, ahora los ancianos se encuentran abandonados y aislados.

Un día, una de las encargadas del asilo le dice en voz baja al grupo de jóvenes que visitan el asilo como servicio social: “A partir de ahora, las visitas tendrán que ver a los abuelos en un salón donde hay más vigilancia pues nos acaba de llegar una denuncia anónima por maltrato a los ancianos”.

A pesar del cuidado mostrado para que los ancianos no escucharan, la expresión en su rostro es la misma de siempre: un reflejo de indiferencia; la misma actitud que muestra cuando sirve una porción mínima en el plato de los internos o cuando alguno pide otro vaso de agua o una servilleta, peticiones que nunca llegan.

El cambio en las visitas no se concereta y el asunto no vuelve a tocarse.

“No quiero seguir sufriendo”, llora Benítez. “¿Ya viste lo que nos dieron de comer ahorita aquí? Un platito con tantito arroz, dos cucharaditas de arroz y un vaso de atole, que sabe más a hierba que a atole. No quiero hablar porque yo sé que me van a seguir tratando mal”.

La visita de jóvenes que realizan servicio social brinda alegría a los ancianos.

Una realidad alternativa

¿Cómo evitar los abusos? El primer paso es el agradecimiento hacia nuestros padres y ancianos. “Yo no le hubiera hecho esto a mi padre, porque mi padre para mí es muy sagrado”, dice muy seguro don José.

Después, debemos recordar que fue la sociedad y los medios los que hicieron que el Gobierno volteara hacia este tema, como recuerda la investigadora Angélica María Razo González, y que de nuevo, estos actores pueden volver a poner el asunto en la mesa para propiciar una respuesta oficial.

También es importante construir una cultura de respeto para los ancianos tanto en los medios como en la comunidad, así como impulsar mayor investigación gerontológica, programas de ayuda psicológica a ancianos -en los que se incluyan actividades recreativos, culturales y sociales-, educar a las familias y ancianos acerca del tema de la vejez, preparación del retiro y programas económicos y sociales.

Finalmente, es necesario poner atención a los que dice este sector, sostiene Rosas Zárate, académica de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, pues no suele ser escuchado ni por la academia, ni por las instituciones.

“¿Y qué lo mantiene con ganas de seguir cada día?”, le pregunté a Don José Benítez.

“La esperanza de que lleguen algunos de los muchachos y que me van a ver. Ya me iba a aventar ahí en esa ventana de cabeza. (Pero) digo yo ‘No soy tan macho ni tan cobarde’. Dios me dio la vida, no tengo por qué quitármela. Tengan compasión por nosotros por favor, por caridad te lo pido”, dice, mientras su garganta se quiebra y suelta lágrimas. “Te lo pido con lágrimas, no de coyote; lágrimas de un viejo que no tienen por qué tratarlo como la punta del pie”.

A pesar de lo que pase fuera de esas puertas negras y paredes deslavadas, dentro del asilo parece haber un micromundo de canas, lagañas y suciedad, donde a veces se abre la ventana y entran algunos restos de vitalidad en la habitación. Puede ser en forma de una mano que ayuda, una risa perdida, una anécdota del pasado, una visita inesperada, unas notas de música que traen con ellas buenos recuerdos.

Se trata de un mundo injustamente olvidado donde si uno se asoma más de cerca encontrará a través de las arrugas y amarguras, en cada una de las miradas -de Juanita, Soyla, Carlos, Berenice, José, Conchita, Rita, Martha, Elena, Alex y todos los demás que alguna vez tuvieron nombre aunque ya no se les recuerde- una historia por descubrir. Todos tienen en común un abandono tras de ellos, así como un gusto nostálgico y puro por la música “de sus tiempos”: “Dame un poquito de tu amor, siquiera, canta Agustín Lara en Limosna,  “Porque deja la huella insensata del primer olvido”, sigue.

Hay un olvido que siempre se recuerda y puede vislumbrarse en los ojos de cualquier anciano que se encuentre sentado en un lugar como del que aquí se escribe. Una persona en quien, más allá del abandono y a pesar de este, yacen aún resquicios de esperanza, sueños, deseos y esas “ganas de volar, aunque no se tengan alas”.

Mariana Róo, Melissa Juárez

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