De cláxones, música y palomitas: una noche en el Autocinema

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Los autocinemas no se quedaron en los años 80. Al menos eso le comenté a mi padre cuando se sorprendió al escuchar mis planes de viernes por la noche. Irónicamente, lo que él consideraba una actividad de antaño, para mí tenía un aire francamente novedoso.

Y no es que este tipo de establecimientos recién hayan reabierto sus puertas en la Ciudad de México; desde el 2011 la cadena Coyote ofrece este servicio en distintos puntos de la capital. Sin embargo, entre boliches, parques y fiestas, un autocinema jamás había servido como respuesta a mi habitual: “¿Qué haré hoy?”.

Sin darle más vueltas, decidí poner fin a esta situación. En esta ocasión, el automóvil no se quedó esperando en un estacionamiento a puertas cerradas y fue testigo de la proyección de Empezar otra vez (Carney, 2013).

La sucursal Insurgentes de los Autocinema Coyote fue la anfitriona, y la actriz británica Keira Knightley y el cantante estadounidense Adam Levine los protagonistas de una noche dedicada al séptimo arte.

Sobre aviso no hay engaño. Adquirí mi boleto en línea por 250 pesos y me topé, por lo menos en tres ocasiones, con este enunciado: “Se recomienda llegar siempre una hora antes de cada función”.

Ingenuamente confié en los 15 minutos en coche que en una tarde regular separan a los cinco kilómetros que existen entre el Autocinema y mi casa. Mi cabeza omitió la temida fórmula: viernes más quincena igual a caos vial.

Entre semáforos descompuestos, el rugir de cientos de cláxones y las prisas de unos y de otros, 15 minutos se convirtieron en 20, después en media hora y así sucesivamente.

Tras poco más de una hora de espera en el tráfico capitalino (y una lección bien aprendida), la silueta de un coyote iluminado por una intensa luz roja de neón me dio la bienvenida, justo a tiempo para el inicio de la función.

En un terreno plano de cientos de metros cuadrados, decenas de coches de distintas marcas y tamaños se encontraban alineados retrovisor con retrovisor (a falta de hombros) a lo largo de ocho filas.

Cuando giré la vista al sitio que apuntaban los faros delanteros de los vehículos  reafirmé por qué el cine recibe el mote de la “pantalla grande”. Los créditos iniciales comenzaban a aparecer en una suerte de lienzo monumental que superaba el tamaño de las salas de cine a las que estaba acostumbrado.

Por la rendija abierta de la ventana del copiloto se comenzaron a colar las primeras líneas de “A step you can’t take back”, junto con los acordes de la guitarra de Knightley que salían expulsados de unas bocinas de gran dimensión. Qué mejor manera de comenzar un drama musical que con una canción, pensé.

La señorita de la entrada tuvo que repetirme en un par de ocasiones las instrucciones necesarias para disfrutar de la proyección, al tiempo que me entregaba el menú de la cafetería. Mi atención permanecía en la pantalla.

  • Sintoniza una estación específica para escuchar el audio de la película desde el radio del automóvil.
  • Enciende la luz interior de tu vehículo si deseas ordenar algo de la cafetería.
  • Activa tus luces intermitentes en caso de tener problemas con el audio.

Cuando estacionar el coche y repasar la carta de alimentos quedaron tachados de mi lista de cosas por hacer, parecía que en la ciudad únicamente existían las luces de la pantalla, del edificio contiguo al autocinema y de las estrellas.

El cine es ya una actividad multisensorial. Y si mi vista registraba las escenas y mi oído las melodías, mi sentido del gusto no podía quedarse atrás. Por tan solo 115 pesos equilibré esta balanza con el ingeniosamente llamado Combo Tana (Hot dog o nachos+ dulces + palomitas + refrescos).

El Café Coyote ofrece una amplia variedad de alimentos y bebidas para acompañar la película | Imagen: Sitio oficial

La inconfundible voz de Adam Levine (Maroon 5) sonaba mientras los nachos desaparecían uno a uno. Al personaje interpretado por Mark Ruffalo le llovían infortunios al tiempo que mi caja de palomitas perdía volumen.

Mi rostro permaneció tranquilo durante las escenas hasta que se presentó el nudo de la historia y una palabra –extranjera ya en los cines modernos– pausó la proyección: intermedio.

No pude estar más equivocado al pensar que los siguientes minutos serían tranquilos y que la espera se haría pesada. Una joven empleada del lugar apareció entre las luces de neón que formaban la palabra “Coyote” debajo de la pantalla, tomó un micrófono y, sin mayor aviso, invitó a que cuatro personas la acompañaran.

El entusiasmo de los voluntarios disminuyó notablemente cuando se enteraron de la razón por la cual fueron convocados: un concurso de canto. Aunque fuera espontáneo, iba ad hoc con la trama de la cinta que esperaba su reanudación.

Y fue así como, sin más preparación ni oportunidad de calentar las cuerdas bucales, la noche fue amenizada por los coloquialmente llamados “palomazos”. Los hubo de todo género e idioma.

El señor que más años parecía poseer de los cuatro concursantes se acercó tímidamente al micrófono. Guardó un silencio que se prolongó hasta por un minuto y rompió la calma nocturna con la ayuda del rock and roll de los 60 al grito de “¡Ahí viene la plaga, le gusta bailar!”

Acto siguiente, fui testigo de un uso del claxon que jamás había pasado por mi mente. Los conductores que escuchaban desde su coche golpeaban enérgicamente su volante a manera de aplausos. Una merecida recompensa para la entrega del, por unos instantes, cantante.

Un veinteañero de nombre Edgar le puso el toque romántico a la velada con su interpretación del clásico “Bésame mucho”; que dedicó a su novia. Los claxonazos no se hicieron esperar.

Tampoco faltó quien hizo uso del reflector para manifestar su ideología política al dedicar “American Idiot”, éxito de la banda de punk rock californiana Green Day, a cierto mandatario de América del Norte.

La media hora que consumió el intermedio se fue en un abrir y cerrar de ojos. Las risas, el canto y las palomitas que se aferraban al fondo de su caja procuraron el ánimo de los espectadores.

Sin embargo, aún restaba algo por hacer. Poner fin al musical que oscilaba entre el drama y la comedia entre una canción y la siguiente.

Sin mayor ánimo de revelar la trama de la película, vale la pena mencionar que el desenlace de tiene otro sabor cuando está acompañado de un tema (“Lost Stars”) nominado a mejor canción en los Premios de la Academia.

La pantalla que por dos horas albergó a un sinnúmero de tonalidades de colores regresó al negro, no sin antes agradecer la asistencia de todos los presentes que comenzaron a abandonar el sitio uno a uno.

Solo bastó un viernes por la noche para que un autocinema se ganara un sitio entre mis respuestas al clásico “¿Qué haré hoy?”, así como para confirmar que este tipo de establecimientos están igual de vigentes que en los 80.

Héctor Tapia Martínez

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