Crédito: @Santiago_Arau

Mexicanos Unidos

México vivió una de sus peores catástrofes naturales, pero, una vez más, su gente ha demostrado que juntos todo es posible.

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“¡Silencio!”, dijo uno de los “topos”, mientras varios puños se levantaban entre la multitud. Miradas expectantes, llenas de esperanza, lagrimas corrían por algunos rostros, que desesperadamente buscaban oír que habían encontrado alguien.

Era el 20 de septiembre en la esquina de la calle Galicia y Niños Héroes: El tumulto de gente desesperada por ayudar pasaba las cubetas llenas de escombros al camión a paso acelerado, hambrientos por acabar con el sufrimiento de las personas que entre rocas luchaban por sobrevivir: “¡Alto! ¡alto! sé que todos queremos ayudar, puedo sentir la impotencia que sienten hermanos, pero hay que organizarnos y chambear con calma, hay vidas que dependen de nosotros”, dijo uno de los rescataste que estaba montado en los escombros.

La mirada cansada de uno de los “topos” buscaba entre los escombros algún rastro de vida, pero conforme pasaban los minutos el tono café de sus ojos perdía brillo, su rostro empolvado reflejaba angustia, incertidumbre, impotencia y desesperación por no encontrar más personas con vida.

La maquinaria pesada llegó al  lugar, lista para deshacerse de lo que quedaba de aquel edificio, la gente en un acto de desesperación suplicaba entre lágrimas y gritos que no se usara. “¡Todavía hay gente adentro señor! déjenos buscar, yo me ofrezco a meterme”, suplicó un voluntario.

A pesar de las llagas, el hambre y el cansancio en su mirar, no se daba por vencido. Con linterna en mano, casco y botas, ingresó a los escombros de lo que solo unos días antes era una edificio.

AVISO: Video del momento en que se colapsa el edificio de la esquina de las calles Niños Héroes y Galicia. El material contiene el audio de la Alerta sísmica de la Ciudad de México. 

La cadena humana por la que pasaban las cubetas, se había transformado en una gran masa de gente que esperaba saber algo de aquel joven voluntario. Pasaron algunos minutos, que se sintieron como horas. “Silencio”, dijo uno de los “topos”.

La respuesta se tardaba en llegar, el voluntario que se había adentrado entre los escombros del edificio no salía, la esperanza comenzaba a transformarse en desesperación y tristeza. Un tanque de oxígeno de gran tamaño se aproximó al hoyo por el que aquel rescatista había entrado.

“¿Encontraron a alguien?”, preguntaba uno de los asistentes. A lo lejos se escuchaban pedazos de conversaciones entre los “topos” y el rescatista que había reptado entre los escombros.

“¡Esta atorada, pero respira! ¡Está respirando, carajo!”, se alcanzó a escuchar la voz entre cortada del voluntario, inmediatamente aplausos y gritos llenos de alegría y esperanza inundaron el ambiente.

Minutos después una camilla se aproximó a la pila de escombros y miembros de las brigadas se arremolinaron al rededor del agujero por el que el joven voluntario se había adentrado, para sacar de entre la montaña de escombros a una señora de unos 70 años. La multitud enloqueció; desconocidos se abrazaron; los rostros extraños se volvieron hermanos, y la esperanza volvió a adueñarse de las personas.

Pero con el rescate, no hubo un respiro.  Los voluntarios seguían al pie del cañón, de momentos “descansaban” y en lugar de meterse a los escombros ayudaba a picar los bloques de concreto o a pasar las cubetas.

“Hagan la cadena en zigzag para que no pese tanto la cubeta”, gritaban a ratos.

Cuando el cansancio los vencía, se dedicaban a repartir alimento a los demás voluntarios que, como ellos, llevaban horas en aquel lugar. A momentos también se quebraban en llanto. Desconsolados abrazaban a sus hermanos voluntarios y agradecían a Dios la oportunidad de seguir con vida para poder ayudar a los que no tuvieron tanta suerte como ellos.

María Sara Lugo

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