Crédito: Paula Castillejo

¿El Enemigo?

Paula Castillejo te lleva a un recorrido por la evolución de los miedos.

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Hay quienes lo consideran su peor enemigo, que no los deja crecer y desenvolverse como les gustaría, que no los deja alcanzar sus sueños. Como el que los engarrota y nos los deja avanzar en ninguna dirección, los paraliza, los detiene. Puede ser el responsable de estancarnos o también de salvarnos la vida, de cambiarnos y transformarnos o de lastimarnos; un arma de doble filo. Hablo de un personaje a quien todos conocemos, y lo conocemos bien. Me refiero nada más y nada menos que al miedo.

Desde tiempos ancestrales, el ser humano desarrolló el sentimiento de miedo como un mecanismo de defensa a partir del momento en el que tuvo consciencia de sí mismo. El miedo funciona como una alerta natural de nuestro cuerpo que se activa como un sistema de preservación de la vida en el instante en que sentimos peligro. Estos efectos  podrían ser los responsables de la supervivencia de nuestra especie hasta nuestros días.

Con la evolución del hombre, la función de este sentimiento innato ha ido modificándose de manera que ya no solo lo utilizamos para huir de situaciones peligrosas, sino que se ha diversificado la manera en que sentimos miedo y las razones de por qué lo hacemos. Es como si pasáramos a una nueva dimensión de temor, del biológico al mental. Este tiene las mismas capacidades de producirnos reacciones físicas, como acelerar nuestro corazón, hacernos sudar las manos o paralizarnos, pero es un tanto diferente. Para ejemplificar lo dicho, me gustaría hacer una analogía de la transformación de los miedos a lo largo de la vida de una persona.

Los miedos nos acompañan desde los primeros momentos de nuestra vida, y empiezan siendo una cobardía irracional, que aunque nos puede paralizar de la misma manera que un miedo más intenso, es mucho más fácil de superar. Si pensamos en un bebé, podemos imaginar que sus temores consisten en que la madre lo abandone, sin poder hacer nada al respecto. Estos miedos siguen estando en un nivel puramente biológico, porque el bebé no es consciente de sí aún.

Cuando pasamos a los miedos de un niño pequeño, empezamos a ver reflejado el segundo nivel de turbación del que hablábamos, el nivel mental. Aquí comienzan los miedos irracionales a la oscuridad, a los monstruos, a no querer quedarse solos porque alguien se los va a comer, a no querer dormir solos porque les van a jalar los pies o incluso a perder de vista a su madre en el supermercado. Recuerdo que cuando tenía cinco años, mi peor miedo era que se me apareciera algo, que ni siquiera puedo describir, y que me fuera a atacar por la espalda sin que yo pudiera verlo para defenderme, y la manera más inteligente que se me ocurría para contrarrestarlo era caminar con la espalda pegada a la pared hasta llegar a un lugar seguro.

A medida que vas creciendo, tus prioridades cambian, así como tus pensamientos y experiencias. Tus miedos sobrepasan en cierto sentido la barrera de la imaginación fantástica y comienzas a tener preocupaciones terrenales. ¿Qué tal que me roba un ladrón de niños?, o ¿qué tal que mis papás me regañan porque me fue mal en un examen? Hay una consciencia mayor de uno mismo y el papel que desempeña nuestra propia figura dentro de la sociedad. Pero también se puede pensar en la imaginación de seres fantásticos como fantasmas y brujas, que amenazan con hacernos algo. ¿Quién no ha sentido esa persecución a nuestras espaldas cuando tienes que bajar a la cocina en la noche por un vaso de agua y todo está oscuro, por lo que tienes que correr lo más rápido posible para llegar arriba de nuevo ileso?

Cuando llegamos a la pubertad, los miedos irracionales pierden cada vez más peso y empezamos a centrarnos en nosotros mismos. Podemos identificarnos en esta edad con el miedo al ridículo y al rechazo. Nos preocupamos por lo que piensan los demás de nosotros y queremos dejar la mejor impresión. Esto puede hacer que nos comportemos de manera muy distinta a como lo haríamos en un ambiente sin presión. Buscamos encajar y ser aceptados sin cometer errores tontos. Desde una corrección de un maestro frente a todos tus compañeros, hasta una caída en público pueden significar atentos contra la autoestima.

También comienzan en la juventud los miedos a las pérdidas de los seres queridos como una posibilidad mucho más cercana y real. Este es uno de los cambios más radicales que podemos encontrar en la manera en que sentimos miedo las personas, porque, por primera vez, se pueden ver influidas por situaciones que vivimos en carne propia y que no queremos volver a experimentar algo tan fuerte e intenso como lo es un duelo. Este fue el momento de mi vida que cambió para mí la concepción de la vida por completo, porque cuando pierdes a alguien cercano te vuelves consiente de la fragilidad que tenemos: la vida que damos por hecho puede desaparecer en cualquier minuto. Y entonces se desarrolló en mí un pavor a perder a mis seres queridos y a perder mi propia vida. Me llena de angustia y frustración pensar en lo débiles que somos y que no podemos combatir el momento en el que la muerte llegue, pues es lo único en nuestra vida terrenal que no tiene remedio alguno.

Nos convertimos en adultos y empezamos a añadir cada vez más miedo al catálogo completo de cobardías que llevamos cargando desde la infancia. Comienzan a ser cada vez más complejos y difíciles de superar. Podemos decir también que son muy personales, pues cada quien experimenta sus temores de distinta manera, pero es al mismo tiempo interesante observar que la mayoría de las personas nos sentimos oprimidas por los mismos tormentos.

Nos angustian situaciones en las que nos encontramos solos; sin seguridad y estabilidad económica; sin un trabajo, sin amigos ni familia; nos da miedo envejecer, nos da miedo morir o enfermarnos; no ser lo suficientemente buenos para algo. La imaginación juega aquí un rol muy importante también, pero un tanto diferente a como lo hacía cuando éramos niños. No nos ponemos a pensar en la posibilidad de que venga un monstruo a comernos o a jalarnos los pies, sino que la dejamos volar, a veces de manera infinita, para plantearnos escenarios verosímiles en donde nuestras peores pesadillas se hagan realidad. Si tenemos un familiar enfermo grave, le damos cuerda a la imaginación mediante el miedo y empezamos a pensar en cuánto tiempo le queda, qué haremos cuando ya no esté y el sufrimiento que tendremos. En cierta medida, es muy fácil dejarnos dañar por nuestros propios pensamientos sin medida.

En otro aspecto, el propio miedo también juega un papel importante en el arte, pues es una manifestación de nuestra esencia misma. Es a partir de los sentimientos que consideramos perniciosos y molestos, que surgen las obras de arte más íntimas, intensas y profundas. El poder representarlo sobre un lienzo, palabras en tinta, partituras, esculturas o largometrajes lleva al arte a un nivel mucho más profundo. No se queda en el plano superficial, sino que nos transporta hasta las entrañas de aquel que crea. Es precisamente esa apertura a la oscuridad tormentosa de cada sujeto la que nos hace conectarnos con él en una cuestión recóndita e intrínseca de nuestra especie, personal y colectiva.

Pero entonces, después de toda esta reflexión, ¿podemos concluir que el miedo es nuestro peor enemigo o nuestro mejor aliado? La respuesta depende de qué tanto lo dejemos apoderarse de nosotros, porque el miedo es positivo en cierta medida. Al miedo podemos atribuirle el crecimiento personal de las personas, porque cuando lo enfrentamos, nos convertimos en personas más fuertes. La clave está en no dejarlo crecer incontroladamente hasta que nos envuelva y engarrote, porque salir de esa cárcel es cada vez más complejo.

Nunca voy a olvidar cuando alguien me dijo alguna vez que debería estar feliz de sentir miedo, porque el miedo es lo que nos hace sentir vivos. Y es precisamente en ese momento en donde más terror sentimos, cuando tenemos el corazón palpitando a mil por hora y escuchamos nuestra respiración acelerada, que podemos sentir la misma vida corriendo por nuestras venas. Es una ironía singular encontrar algo tan bello, penetrante y profundo, en un sentimiento incómodo que nos saca inmediatamente de nuestra zona de confort. Si lo desconocido está ahí hasta el final, ¿no es mejor opción aliarnos con nuestros miedos?

Paula Castillejo

Estudiante de Comunicación en la Universidad Panamericana.

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