Mil días de carrera como meditación

Los monjes japoneses que buscan iluminar su vida y elevarse espiritualmente llegan a correr el equivalente a una vuelta al mundo, con el riesgo de perder la vida en el intento.

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Fuente: elzo meridianos

Los corredores que cubren las mayores distancias no viven en Kenia o Etiopía –semilleros de campeones olímpicos- sino en Japón, más especifico en el Monte Hiei, al norte de Kyoto. Sin embargo, no se trata de deportistas de alto rendimiento, sino de monjes que buscan la iluminación a través de sus maratónicos recorridos.

Estos religiosos forman parte de la escuela de budismo Tendai, y siguen una forma de ascetismo llamada Kaihogyo, que busca llevar al límite tanto el cuerpo como el alma, describen Martín De Ambrosio y Alfredo Ves Losada en su libro “Por qué corremos: las causas científicas del furor de las maratones”.

En esta forma de reto espiritual, los monjes deben correr durante mil días, repartidos en siete años. El primer trienio, recorren de 30 a 40 kilómetros diarios durante 100 días consecutivos. Los años cuatro y cinco, los mismos kilómetros por día, pero durante 200 jornadas consecutivas.

Antes de iniciar el sexto año de los ejercicios, deben pasar una prueba de meditación llamada Doiri, que consiste en no comer ni dormir nueve días seguidos. Para superar este reto también siguen una preparación específica, que consiste en comer cada vez menos por un periodo determinado.

Durante el novenario, deben recitar un mantra sin parar: el Fudo Myoo. Al quinto día, cuando ya sufren de deshidratación, pueden mojarse los labios con agua, pero tienen que escupir la misma, para evitar que el vital líquido entre en su organismo.

Una vez superado este desafío, en el sexto año del Kaihogyo, la distancia a correr aumenta a 60 kilómetros por día durante 100 jornadas. El séptimo año, son 84 kilómetros diarios, casi dos maratones, seguidos de 30 a 40 cada jornada por otros por otros 100 días.

Siguiendo este plan de entrenamiento físico-espiritual durante los siete años, los religiosos recorren una distancia equivalente a darle la vuelta al mundo, al sumar unos 46 mil 400 kilómetros.

De acuerdo con el blog “Cuentos del viento”, durante los primeros 100 días de la prueba, el individuo tiene la opción de abandonarla y pedirle a un superior que la complete por él. Pero si decide seguir con el desafío, la única salida es el suicidio, por eso, estos monjes siempre corren con un cuchillo en la ropa, aunque no se han registrado inmolaciones desde el siglo 19.

Sōhei, un monje budista cuyo nombre rinde tributo a un antiguo guerrero japonés, explicó vía telefónica para DiarioUP el grado de complejidad de esta forma de ascetismo: “Es difícil, pues los monjes se enferman, y hay más monjes que murieron en el intento que iluminados. Está documentado que solo 45 hombres lo han conseguido desde 1885. La biología está en su contra”.

Esta práctica inició en el siglo XVIII, en tres montes nipones, el Hiei, el Hira y Kimpu, con un monje llamado So-o. De acuerdo con la leyenda, el caso más extremo se registró cuando un monje intentó finalizar el reto tres veces consecutivas, pero en el día 2 mil 500 se suicidó en la montaña.

Fuente: elzo meridianos

En 2003, un religioso de nombre Fujinami se convirtió el primero en completar el reto en 9 años, y en el número 12 en hacerlo desde la Segunda Guerra Mundial.

En entrevista para la película “Marathon Monks”, describió el mayor obstáculo que tuvo que vencer: “Lo difícil es continuar con el entrenamiento por 100 días. Si estuviera entrenando para un maratón, podría descansar en ciertos momentos, pero sin descanso, un atleta no puede avanzar en su preparación”.

Para añadir dificultad, los monjes no corren en pistas acondicionadas, ni con ropa deportiva, sino con su vestimenta tradicional y sandalias de paja. El recorrido tiene sus reglas, por ejemplo, no pueden quitarse la ropa o el sombrero, desviarse de su ruta o llevar otro color que no sea blanco. Además, está prohibido detenerse para descansar o tomar agua, y deben cantar o repetir sus mantras religiosos de forma constante.

Cada jornada, estos budistas arrancan en la madrugada, alrededor de las 1:30 horas, desayunan y salen a correr. Puesto que más que un reto deportivo es un desafío espiritual, deben parar en ciertos lugares preestablecidos para rezar. Regresan al templo entre las 7:00 y las 9:00 horas, asisten a ceremonias religiosas, comen y se bañan, y se van a la cama a las 20:00 horas, con la intención de repetir la misma dinámica al día siguiente y el sucesivo.

Hohn Stevens, autor del libro “The Marathon Monks of Mount Hiei” afirma que la motivación de los monjes para participar en este reto se encuentra en que, al estar constantemente cerca de la muerte, experimentan una nueva visión de la vida, sus sentidos se intensifican y su mente se abre.

“Lo más admirable de ellos es su calor, su corazón abierto y su humanidad”, describe Stevens en su libro sobre los religiosos. “Tienen mucho que enseñarnos: siempre busca lo definitivo, nunca mires atrás, cuida de los demás y mantén tu mente fija en el camino”.

Aquellos que logran completar sus siete años de desafío son declarados Daihyoman Ajari, o maestro espiritual.

Paulina Jiménez Mena

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