Luz en medio del caos

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19 de septiembre, en una de las avenidas de la del Valle, se veía a lo lejos una mujer mayor, entre los 65 y 70 años más o menos. Vendía dulces, papas, agua y cigarros. Con ayuda de su bastón, caminaba entre la gente repartiendo botellas de agua pequeñas, se podía ver en su mirada mucho miedo, pero a la vez, mucha humildad, valentía y ganas de vivir.

Yo también sentía miedo, la ciudad era un caos. Tenía poco menos de tres horas que un sismo había sacudido a la Ciudad de México. A pesar de esto, me acerqué a donde estaba, parecía que no le importaba nada más que ayudar, incluso se alejó de su puesto, por lo que decidí quedarme cerca para que nadie fuera a robarle. Me percaté que muchas de las personas que pasaban junto a ella la ignoraban y la dejaban con la mano estirada, no obstante, esto no fue motivo para que ella se detuviera. Poco tiempo después ella regresó apresuradamente a su lugar de trabajo, supongo porque vio que se estaba juntando mucha gente. Cerca había dos niños envueltos en lágrimas, la señora se acercó con dos paletas para regalárselas y les dijo:

— Tomen, pero tienen que calmarse y dejar de llorar. En un rato se las comen, necesitan estar felices para que la paleta tenga un buen sabor.

— Se la voy a guardar a mi bebé – refiriéndose a su abuela al parecer – ella ha de estar muy asustada ahorita — respondió uno de los pequeños.

— Muchas gracias, señora. —  dijo la mamá de los dos niños.

En medio de todo el caos, la señora empezó a vender, pues mucha gente se estaba acercando para comprarle, sobre todo cigarros. Me acerqué para comprarle unas papas para mi hermano, ya que estaba muy intranquilo. Yo lo llevaba de la mano.

— ¿Son para ti? —  le preguntó a mi hermano.

Le contestó que sí moviendo la cabeza.

— Toma, te regalo esta botella de agua también por si te da sed, ¿O quieres un jugo, mi amor?

Mi hermano aceptó la botella de agua, le pagué las papas y nos quedamos a un lado del puesto.

Pasó un rato, la gente comenzaba a alejarse de ese punto, aunque todavía había mucho movimiento. Ella se sentó, se agachó agarrándose la cabeza. Se podían notar aún más sus cabellos blancos, su respirar se percibía agitado, esto fue lo que me hizo acercar y le pregunté:

— ¿Se encuentra bien; necesita algo?

— No, mi niña. Estoy preocupada por mi casa, es muy vieja y es mi único hogar, esto estuvo muy fuerte.

— ¿Sabe algo de su familia? Si quiere puede hacer una llamada desde mi celular —  le dije algo conmocionada.

— Qué linda, pero no tengo a quién llamarle. Estoy sola, solo me gustaría ir a mi casa y asegurarme que sigo teniendo un lugar dónde pasar la noche. —  contestó con una pequeña lágrima recorriendo su mejilla.

— ¿Vive muy lejos de aquí?

— A unas calles, pero ahorita voy, estas aguas no se repartirán solas. En el 85 mucha gente me ayudó, ahora es mi turno. Ve cuánta gente asustada y alterada. —  seguía con lágrimas en sus ojos.

— Le ayudo a repartirlas, después puedo acompañarla a revisar su casa.

— Gracias, hija. Faltan muchas personas como tú en el mundo. —  afirma dándome un par de botellas de agua.

Empezamos las dos a repartirlas, mucha gente no las recibía, pero otras sí y se detenían a agradecernos. Mi hermano y mi mamá se fueron a mi casa, yo me quedé porque en realidad, quería ayudar a esta señora, pues al parecer no tenía a nadie.

Pasó un tiempo, ya estábamos agotadas y le dije que descansara un poco. Se sentó en su silla y empezó a contarme un poco sobre ella. Tiene dos hijos, los cuáles se casaron y se fueron a vivir fuera del país. No tenía más familiares, me comentó que tenía dos años de viuda. Era una mujer muy dulce, con un gran corazón, muy solitaria y llena de vida. Lograba transmitir una energía muy bonita.

Pasaron unos minutos, casi una hora. Nos dirigimos hacia el lugar donde vivía. Yo iba muy angustiada, se veía tanta gente alterada, pidiendo ayuda, edificios en muy mal estado y otros derrumbados en su totalidad. Mantuve la calma, en ese momento, por alguna razón, esa señora era mi prioridad. Llegamos al destino, afortunadamente por fuera su casa se veía en buen estado, entramos a revisar, tenía algunas grietas que se alcanzaban a notar en las paredes, pero nada grave. Muchas de sus cosas cayeron, trastes de su cocina se rompieron. Le pregunté si no había perdido nada importante, si podía ayudarla en algo.

— Ya me has ayudado bastante, lo material se recupera. Gracias a Dios estoy viva y tengo un colchón viejo que aún aguanta esta grasa — bromea señalando su estómago y río con ella.

— Le puedo dar mi número y cualquier cosa que necesite me llama.

— Ve con tu familia, mi vida. Ellos te necesitan, deben estar unidos.

Camina hacia una mesa, saca un papel y una pluma, escribe algo y vuelve a donde yo estaba.

— Toma, este es mi número de casa, esas cosas de los celulares yo no tengo, apenas puedo comprar lo básico, pero aquí voy a estar, esta es tu casa. Por cierto, mi nombre es Luz María, gracias por molestarte y venir conmigo para acá.

— Soy Yelitza, también le dejo mi número. —  le digo mientras me acerco a la misma mesa para apuntarle mi número en su libreta.

— Tengo que regresar al puesto, lo dejé solo y hay gente mala. Aunque somos más los buenos, ¿No? —  recalcó.

Regresamos juntas hasta su puesto, la verdad me había olvidado por completo de él. Al llegar vimos que todo estaba bien. Así que me despedí, le dije que se cuidara mucho y que no dudara en llamarme cuando quisiera.

Me fui a mi casa caminando, ya que no había transporte público y tampoco estaba lejos de mi casa. En todo el camino no pude dejar de pensar en Luz María. Su gran bondad, su inocencia y su buena voluntad me conmovieron muchísimo. Fueron aproximadamente tres horas las que estuve con ella, pero aprendí tanto en ese tiempo, que pareció que hubiésemos convivido juntas toda una vida.

Yelitza López Izarraras

Estudiante de Comunicación en la Universidad Panamericana.

 

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